«Escuchaba a las mamás llorar en la noche”, recuerda Carmen Calla, exinterna y actual encargada del bazar del INPE en la macro región sur, quien pasó siete años y medio en prisión y hoy ayuda a internas de distintos penales a vender los productos que elaboran mientras esperan volver a abrazar a sus hijos.

El sonido metálico de las rejas abriéndose marcaba el inicio de cada mañana en el penal de mujeres. Carmen Calla despertaba antes del amanecer y observaba en silencio las paredes grises que durante siete años y medio fueron su único horizonte. Afuera, el mundo seguía avanzando; adentro, ella aprendía a sobrevivir entre la culpa, la nostalgia y la esperanza de volver a empezar.
Hoy, años después, Carmen vuelve a mirar un penal, pero desde afuera. Ya no carga un uniforme beige ni espera el conteo de la mañana. Ahora acomoda zapatos, carteras y artesanías en el bazar “Con amor para mamá”, organizado por el INPE en Arequipa por el Día de la Madre. Sus manos, antes aferradas a los barrotes, hoy sostienen productos que representan trabajo, esperanza y segundas oportunidades.
La feria reúne artículos elaborados por internos e internas de distintos penales del sur del país. Mientras los visitantes observan los productos y buscan regalos para sus madres, Carmen piensa inevitablemente en las mujeres que todavía pasarán esta fecha lejos de sus hijos.
Porque ella sabe perfectamente cómo se vive un Día de la Madre tras las rejas.
“El primer Día de la Madre en el penal fue algo indescriptible”, recuerda. “Tú quieres estar con tus hijos y no puedes. Estás encerrada, lejos de ellos, sin poder hacer nada”.
Las noches previas a esa fecha eran las más difíciles. El ambiente dentro del penal cambiaba. Algunas internas esperaban una llamada telefónica; otras lloraban en silencio pensando en sus hijos y en las familias que habían quedado afuera.
“Escuchabas a las mamás llorar en la noche. Todas queríamos estar con nuestros hijos”, cuenta.
Carmen asegura que el dolor más fuerte para una madre privada de libertad no es solamente el encierro, sino la impotencia de no poder resolver los problemas de sus hijos desde lejos.
“Como madre siempre buscas ayudar, aunque no tengas nada. Pero en un penal no puedes hacer nada y eso duele muchísimo”.
La culpa también aparece inevitablemente. Las preguntas se repiten una y otra vez entre las paredes de una celda: “¿Por qué hice esto?”, “¿por qué terminé aquí?”. Carmen recuerda haber visto a mujeres agotadas por el paso de los años en prisión, madres que llevaban una década o más esperando recuperar su libertad.
“Las veías cansadas, tristes… y pensabas qué no daría uno por estar afuera con sus hijos”.
Sentenciada a diez años de prisión, Carmen recuperó su libertad luego de siete años y medio. Sin embargo, salir no significó empezar de nuevo inmediatamente. Afuera encontró un mundo distinto, hijos que habían crecido y una familia que aprendió a vivir sin ella.
“Me sentía como una desconocida”, dice. “Mis hijos ya tenían su vida. Mi familia también”.
Reconstruir ese vínculo fue otra lucha silenciosa. Recuperar la confianza de sus hijos y volver a sentirse parte de su familia le tomó tiempo, paciencia y esfuerzo.
“A veces los hijos te reclaman, te dicen que los abandonaste. Y recuperar esa confianza cuesta muchísimo”.
Dentro del penal aprendió bordado, costura y confección de calzado. Lo que comenzó como una forma de sobrevivir al encierro terminó convirtiéndose en una nueva oportunidad de vida. Hoy trabaja junto a internos e internas de penales de Arequipa, Tacna, Moquegua y Camaná, ayudándolos a comercializar los productos que elaboran desde prisión.
Dice que decidió hacerlo porque nunca olvidó lo que sintió estando ahí dentro.
“Yo viví esas carencias, esa tristeza y esas ganas de salir adelante”, afirma.
En cada cartera, zapato o artesanía que vende, Carmen siente que también ayuda a reconstruir vidas. Por eso insiste en que comprar productos hechos por personas privadas de libertad significa mucho más que adquirir un regalo.
“Uno ayuda a que los internos sigan trabajando, aprendiendo y apoyando a sus familias”.
Hoy, desde el otro lado de las rejas, Carmen Calla mira hacia atrás sin olvidar su pasado, pero también sin quedarse atrapada en él. El penal dejó cicatrices, pero también le enseñó que incluso en medio del encierro todavía puede existir esperanza.
Y en este Día de la Madre, su mensaje sigue dirigido a las mujeres que aún permanecen privadas de libertad.
“No pierdan la esperanza”, dice con la voz entrecortada. “Afuera todavía las esperan sus hijos… y si no tienen a nadie, aquí estaré yo para apoyarlas”.



